No creo que mis palabras suenen claras esta noche. Yo mismo no estoy seguro de que es lo que quiero decirte. Lo único que sé es que fueron horas de leerte, entre tinta y recuerdo, siguiéndote el paso a la distancia, acechando cada espacio con afán coleccionista. Y después, el desvelo, el moribundo autista entre las sabanas, el fantasma lívido respirando medias verdades en la oscuridad.
Me siento un profeta, un sabio de las ciencias oscuras que corre a voluntad el velo de los titiriteros: conozco el futuro como a mi propia condena. Se del arrastrarse hasta la vigilia, del cruce de voluntades ante un cielo descubierto. Soy el bufón contrahecho, riéndome de la desgracia del espejo.
Apenas me mojo la punta de los pies en el juego solitario de la hija única, y vuelvo a ser tan gris con mis jarrones grises. Son múltiples las voces que escucho en tu casa de muñecas. Y tanto él como yo sabemos que estás sola, y ese es el dolor que nos iguala: saber que en el fondo no importamos, saber que entre tanta angustia, apenas hay lugar para otra lágrima.
¿Es este el poder que se me confiere? Ahogar mi aliento en lo profundo del lodo, bailar en el techo con los ojos vendados. Querer llegar a un lugar al que no pertenezco, y volar junto a los pedazos de vidrio y las cortinas, por un segundo, antes de tocar el suelo.
Ya sé, no digas nada. Vas a volver a decir las palabras mágicas, y hoy tampoco voy a creerte. No es dolor, y no es tu culpa… los dos sabemos cuál es la mejor forma de atrapar a un hada. Pero sigo sintiéndome solo, sigo tallando la lapida. Y desde aquí, que es de noche, te sonrío.
No creo que mis palabras suenen claras esta noche. Yo mismo no estoy seguro de que es lo que quiero decirte. Lo único que sé es que fueron horas de leerte, entre tinta y recuerdo, siguiéndote el paso a la distancia, acechando cada espacio con afán coleccionista. Y después, el desvelo, el moribundo autista entre las sabanas, el fantasma lívido respirando medias verdades en la oscuridad.
Me siento un profeta, un sabio de las ciencias oscuras que corre a voluntad el velo de los titiriteros: conozco el futuro como a mi propia condena. Se del arrastrarse hasta la vigilia, del cruce de voluntades ante un cielo descubierto. Soy el bufón contrahecho, riéndome de la desgracia del espejo.
Apenas me mojo la punta de los pies en el juego solitario de la hija única, y vuelvo a ser tan gris con mis jarrones grises. Son múltiples las voces que escucho en tu casa de muñecas. Y tanto él como yo sabemos que estás sola, y ese es el dolor que nos iguala: saber que en el fondo no importamos, saber que entre tanta angustia, apenas hay lugar para otra lágrima.
¿Es este el poder que se me confiere? Ahogar mi aliento en lo profundo del lodo, bailar en el techo con los ojos vendados. Querer llegar a un lugar al que no pertenezco, y volar junto a los pedazos de vidrio y las cortinas, por un segundo, antes de tocar el suelo.
Ya sé, no digas nada. Vas a volver a decir las palabras mágicas, y hoy tampoco voy a creerte. No es dolor, y no es tu culpa… los dos sabemos cuál es la mejor forma de atrapar a un hada. Pero sigo sintiéndome solo, sigo tallando la lapida. Y desde aquí, que es de noche, te sonrío.
Hermoso. Y terrible.
Te quiero.